La mano de la mujer sostenía el tenedor de postre con ligereza, usando solo el pulgar y dos dedos para guiarlo.
Su desayuno era una obra de arte en sí misma: una media luna de melón de Cavaillon perfectamente cortado y un huevo pasado por agua en su copa de plata.
Cada porción de melón era del mismo tamaño preciso, elevado hasta sus labios en un movimiento lento y meditado.
Pero, de repente, la perfecta concentración se rompió, ante la pesada puerta de roble del comedor que se abrió de gol