El chófer, quien antes había mostrado todo un despliegue de altanería, ahora estaba rígido y muy pálido, como si fuera una estatua.
—No creo en tontas amenazas… —dijo, simulando que las palabras de Alejandro no le habían asustado.
—¿Quieres probarlo?
El médico ladeó un poco la cabeza y sonrió de aquella forma arrogante que tanto lo caracterizaba. Era la representación misma de la maldad, de esa maldad a la que no le importaba aplastar a cualquiera con la suela de su costoso zapato.
—Ortiz, lo m