Como siempre, Alejandro Urdiales se había salido con la suya.
Verdaderamente, parecía que no lo habían criado para aceptar un “no” como respuesta.
Estaba harta de siempre tener que seguir sus órdenes, de siempre tener que complacerlo en todo.
Lo único que le aliviaba era saber que pronto todo esto quedaría en el pasado. Que pronto se iría y no lo volvería a ver en su vida.
—Toma —le extendió la bolsa de regalo que su madre no aceptó.
—Ya te dijo que no lo quiere —le recordó la respuesta de