—No te conocía esa fiereza —sonrió el hombre, mirándola con ojos oscuros. Estaba hablando de un tema serio, pero él parecía haberse excitado con el fuego de su lucha.
—Quítate —le dio un empujón con rabia, dándose cuenta de que para él todo siempre giraba en torno al sexo.
—Vamos a mi departamento —propuso con esa voz ronca que demostraba que su miembro ya debería estar lo suficientemente erecto.
—No —se negó al segundo.
—Selene, por favor.
—No me toques —intentó apartarse, pero no había manera