—Yo no ronco —replico con mordacidad—. ¿Qué quieres?
Me trago el bochorno que siento en un intento de recuperar mi orgullo. Sé muy bien que no ronco, al menos que esté demasiado… cansada como para exteriorizarlo.
«Ay no… por favor, no».
Maximilian enarca la ceja, sigue en cuclillas a mi lado, mirándome como si yo fuese un picho raro.
¿Quién le dio permiso de invadir mi espacio personal? Y hablo de mi rostro, no de mi habitación. Está demasiado inclinado para mi cordura, demasiado cerca de mí.
—I