—¡Aidan!—contestó ella, ruborizada ante el comentario, hecho con toda intención, pues no despegaba sus ojos de ella y su vientre.
Los ojos del hombre habían ganado en calidez y se acercó para abrazarla, tomándola por los glúteos y sentándola en su regazo de tal forma que sus pelvis quedaron unidas. Sharon percibió la dureza de su miembro, apenas a unas prendas de distancia. Excitada y sin poder evitarlo se frotó contra él como una auténtica descocada, inclinándose para devorar su boca.
Las mano