Sin pensarlo más la atrajo y la envolvió con ambos brazos, hundiéndola contra su pecho y acercando su rostro para tomar su boca con voracidad. El suyo no fue un beso de exploración ni cauteloso; fue un asalto a cara descubierta, sus labios atrapando los de Sharon y abriéndolos, para dar paso a la invasión de su lengua que se hizo dueña de la boca de pétalos rojos y pulposos, sorbiendo las pequeñas gotas que los humedecían.
La suya era una lengua dictatorial que demandaba e impelía a la rendició