No se consideraba una mujer desesperada, había tenido al menos dos novios con los que había logrado una relación, aun cuando poco duradera. Ninguno de ellos, a pesar de ser buena gente y novios decentes, habían representado la aventura o el amor con mayúsculas. Habían sido pequeños montículos en su vida plana.
Así que aquí estaba, sola y sin compromiso, sin trabajo formal por varias semanas y comprometida con el cuidado de un atleta gruñón, millonario y absolutamente sexy. Aiden Monahan era un