El disparo no solo rompió el silencio, lo desfiguró, lo convirtió en algo irreconocible que se expandió por el salón como una grieta que ya no podía cerrarse, y durante un segundo suspendido, demasiado breve para pensarlo pero lo suficientemente largo para sentirlo, todo quedó detenido en una tensión insoportable donde nadie respiraba del todo, donde cada cuerpo parecía decidir si reaccionar o fingir que nada había cambiado, hasta que el segundo sonido llegó, más cercano, más crudo, y entonces