La luz descendió con una suavidad imposible, envolviéndonos sin quemar, sin cegarnos, como si reconociera cada parte de nosotros antes incluso de tocarnos. A nuestro alrededor, los restos del campus desaparecieron lentamente hasta convertirse en pequeñas partículas luminosas que ascendían hacia el cielo, llevándose consigo las últimas sombras de aquella prueba. El silencio dejó de ser una amenaza y se transformó en una calma profunda que, lejos de tranquilizarme, hizo que mi corazón latiera con