Todo ese papeleo tembló en mis manos, y mi ceño se frunció profundamente, leyéndolo de nuevo.
¿Terapia TCR? ¿TOCR? ¿Acaso ese hombre padecía una condición médica que no decía? La nota de su psiquiatra y el nombre de la clínica señalaban que Dorian Baudelaire había estado acudiendo a sus “sesiones terapéuticas” de forma cotidiana, hasta que dejó de hacerlo de un día para otro.
Pero esas sesiones terapéuticas, ¿qué fin podrían tener? ¿Qué estaban tratando de resolver en ese hombre?
Me hubiese gustado seguir hurgando, para hallar una respuesta rápida. Pero el repentino sonido de la puerta principal abriéndose en la planta de abajo, junto al sonido de suaves y firmes pisadas masculinas, me hicieron devolver todo al sobre y guardármelo bajo la enorme camisa.
Salí de su estudio tan rápido como pude, para encontrármelo justo después, en el pasillo. Le sonreí, como si nada. En respuesta, obtuve otra de su parte; las comisuras de sus labios se elevaron con suavidad, mostrando una fila de diente