La mansión Montoya se alzaba como un mausoleo de mármol y cristal frente a mí. Cada ventana iluminada parecía un ojo vigilante mientras el chofer abría la puerta del vehículo. Mis tacones resonaron contra el pavimento como pequeños disparos, un sonido que me recordaba que cada paso me adentraba más en territorio enemigo.
El vestido de novia —ese traje de guerra blanco— pesaba como una armadura. Había sobrevivido a la ceremonia, al brindis, a las sonrisas falsas y a los abrazos de felicitación d