En realidad, no la modifiqué como pensaba, pero si abrí las persianas de la ventana que colinda con el exterior –la cual estaba cerrada–, para que la claridad del día ilumine sus quehaceres; limpié su estante, tiré los papeles de su cesto de basura y acomodé los documentos en su escritorio.
- Buenos días, jefecito –escuché decir a una de las secretarias.
¡Estaba cerca!
¡Por fin!
Corrí hacia el ascensor que estaba a punto de cerrarse y me subí en él. Quería estar presente cuando vea cómo había l