Él nos odiaba. Cada vez más, empujaba con fuerza dentro de mí aquel despreciable y frío cuchillo. Sentí claramente como tocó el cuerpecito de mi pequeño, podía sentir como lo destrozaba sin compasión.
¡Soy una inútil! ¡Una m*****a inútil que no sirve para nada!
No pude cuidar bien del hombre que amaba y no pude proteger a mi inocente hijo.
Las lágrimas no tardaron en llegar y cristalizar mis ojos. Tal vez debí decirle que este pequeño que traía en mi vientre, era tan suyo como mío. Debí decir