Sus ojos oscuros, que ardían como el fuego, me miraban fijamente mientras decía con una sonrisa y la voz ronca:
—Si te sigues moviendo, no me importa si lo hacemos aquí mismo en las escaleras…
—¡Cállate!
Rápido, le tapé la boca.
Este hombre era capaz de decir cualquier cosa. A él no le daba vergüenza, pero a mí todavía me daba un poco de pena.
Mateo me sonrió, y su mirada llena de ternura brillaba como las estrellas.
Cuando por fin me dejó caer en la cama, ya me había besado tanto que me dejó co