Cuando su cuerpo tenso se me pegó, sentí como si la cabeza me fuera a explotar. El miedo lo ocupó todo al instante y aplastó cualquier rastro de razón. Esas conjeturas absurdas, esas sensaciones familiares, desaparecieron sin dejar rastro; solo quedó un terror sofocante y desesperado.
—¡Suéltame! ¡Aléjate de mí, suéltame…! —grité y lloré sin control, buscando con la mirada al señor Felipe y a Ricardo.
El señor Felipe nos observaba con absoluta calma.
Ricardo, en cambio, parecía incapaz de soport