Miré con los ojos llenos de lágrimas al señor Felipe.
—¿De… de verdad? ¿De verdad me va a ayudar a encontrar a mi esposo y nos va a dejar salir de aquí sanos y salvos? —le pregunté.
—Por supuesto —respondió el señor Felipe, con una cara que rebosaba benevolencia—. A decir verdad, ustedes no son más que una pareja desafortunada. Las peleas de esta finca nunca tuvieron nada que ver con ustedes.
Ese señor Felipe, cuando se lo proponía, sabía interpretar el papel de buena persona a la perfección. Si