Mateo, de la nada, me interrumpió, como si estuviera vaciando todo el rencor acumulado en su corazón.
Yo lo miraba, atónita.
¿Estaba tan enojado conmigo?
Nunca lo había visto así, diciendo tanto de una sola vez.
El pecho de Mateo subía y bajaba con fuerza, sus ojos negros me miraban con rabia que tuvo que contener.
Pero justo ese enojo no me asustaba.
Lo que me había llenado de pánico antes era su calma seria, esa expresión de “ya no me importa nada”, esa desesperanza que me dejaba sin aire.
Ese