—Que usted ayude a Alma a disputar el poder no es algo que yo le reproche. Para mí, usted siempre será el mejor tío que he tenido —dijo el señor Pedro con calma.
El señor Felipe se secó las lágrimas y asintió, aliviado.
—Me tranquiliza oírte decir eso. Así, aunque algún día muera, al menos podré ir con la frente en alto a ver a tus padres allá abajo.
—No diga eso. Usted va a vivir muchos años más —sonrió el señor Pedro.
Me extrañé un poco cuando lo vi. Su sonrisa no flaqueaba ni un poco; parecía