Mi expresión se volvió más seria y, sin pensarlo, le di una bofetada.
Su cara se ladeó con el golpe, pero no se enojó.
—¿Ya habías visto el auto de Mateo, verdad? —lo confronté—. Lo hiciste a propósito, me abrazaste para que él nos viera y se confundiera, ¿no es así?
Javier se limpió la sangre que le asomaba en los labios.
Me miró, sonriendo:
—Sí, lo hice a propósito.
—Tú…
—Sé que debería haberte dejado ir hace tiempo, lo sé… pero no puedo. En Bahía, cuando Mateo no estaba, aunque en tu corazón