De verdad este hombre… ni siquiera avisa cuando entra.
Mateo se volteó a mirarme y, en el instante en que sus ojos se posaron en mí, su mirada se intensificó, rebosando deseo.
Apreté la toalla contra mi cuerpo y dije sin emoción:
—No sabía que entrarías, no fue mi intención estar sin ropa. No vayas a decir otra vez que te estoy provocando.
Mateo suspiró y desvió la mirada hacia la ventana, haciendo de caballero que no parte un plato.
“Ridículo” pensé, y fui al armario a buscar el pijama.
Cuando