En aquel entonces, aunque Mateo obedecía y se apartaba, ahora que lo recuerdo, en sus ojos oscuros siempre había un rastro de irritación y terquedad.
Al final no aguanté que me mirara así y lo dejé sentarse a la mesa, aunque tanto mi hermano como yo no le permitimos tocar la comida. Se conformó con comer arroz blanco durante muchos días.
Pensándolo ahora, Mateo era tan fácil de intimidar que hasta me da remordimiento.
Recuerdo otra ocasión: papá y mamá habían salido a un compromiso y Carlos tamb