—¡Si no, jamás te perdonaré! —La voz de Mateo sonaba agitada. En su cara, siempre tan serena, se notaba la ansiedad.
Me dejó completamente impactada.
¿Acaso pensaba que yo había escondido a los niños y que los usaría para manipularlo?
Por la furia y la desesperación en su cara, era muy posible.
Me hirvió la sangre.
¿En su mente yo era tan malvada y egoísta como para usar hasta a mis propios hijos?
—¡Papi!
—¡Papi!
En ese instante, dos vocecitas tiernas sonaron desde la escalera.
Mateo se quedó pe