Mateo miró rápido a Camila, luego volvió a fijar su mirada amenazante en mí.
Yo miré la cara dolorida de Camila y, con un brillo en los ojos, me acerqué al oído de Mateo y le dije en voz baja:
—Mateo, si solo bebes conmigo, alguien podría sentirse mal. Mejor tómate dos copas con ella, no sea que se ponga demasiado triste, le regrese su vieja enfermedad y al final me eche la culpa a mí.
Mateo me miró de reojo.
Pero no dijo nada, solo agarró la copa y, viendo a Camila, dijo con seriedad:
—Bueno, b