Mateo forzó una sonrisa hacia su hija, pero se veía tan incómoda que mejor no la hubiera hecho.
Y claro, Embi no sintió nada de cariño paterno en eso.
Con sus manitas regordetas se aferró a la ropa de Javier y dijo:
—Yo solo quiero ir contigo. Mejor espero a que seas tú el que me lleve.
De inmediato, Mateo respiró hondo, tratando de contener toda su rabia.
Alan lo notó y enseguida intervino, sonriendo hacia la niña:
—¡Ay, tampoco tiene que ser solo con Javier! Yo también estoy libre, la próxima