Curiosa, miré hacia afuera, y al poco rato vi a un hombre alto, con las manos en los bolsillos, entrar a la sala.
No era otro que Alan.
Qué raro… ¿a qué vendría Alan?
¿Sería por lo de Valerie?
Por reflejo, la miré. Tenía la taza bien apretada y la cabeza baja, con un aire muy incómodo.
—Yo… yo mejor subo —dijo antes de correr hacia las escaleras.
Justo en ese momento Alan entró y le lanzó una mirada. En él, que casi siempre estaba sonriente, le vi un destello de enojo.
Suspiré.
Con esa reacción,