Mateo no dijo nada, solo me miró fijamente.
Yo no tenía intención de adivinar lo que pensaba y salí rápido hacia afuera.
Esta vez no me detuvo.
Afuera la lluvia ya había parado.
Todo estaba húmedo y con lodo, el cielo gris y oscuro, con ráfagas de viento frío.
Pedí un carro por el celular y, mientras esperaba en el patio, Mateo salió y se quedó en la puerta mirándome.
Vestía de negro, con seriedad total, como si la pasión de hace un momento nunca hubiera existido.
Por suerte el carro que pedí ll