Giré un poco la cabeza y me encontré con sus ojos enrojecidos.
Me pareció ver el destello de unas cuantas lágrimas.
De la nada, la bata que acababa de ponerme se deslizó al suelo.
Me sentó en el alféizar de la ventana, su cuerpo alto y fuerte presionándose contra mí.
Me miró fijamente, en sus ojos no solo había seriedad, sino también tristeza y dolor.
Ya sea que me ame o me odie, para él siempre ha sido doloroso.
Por eso, desde el principio, todo esto fue un error.
Los dedos largos de Mateo se c