Claramente, los cuatro podíamos ser una familia feliz, pero él simplemente no quiere creerme.
El aliento de Mateo se fue acercando poco a poco.
Me besó en los labios y, con voz ronca, dijo:
—¿Por qué te atreves a volver? ¿Eh?
Mira, apenas terminamos de discutir por los niños y ya vuelve a sacarme en cara lo de su mamá.
Aunque ya tenemos hijos, su odio hacia mí no ha disminuido ni un poco.
Me aparté de su aliento y respondí con calma:
—Tengo la conciencia tranquila, ¿por qué no habría de regresa