Luki infló la boca y, con lágrimas en los ojos, lo miró sin decir nada.
Embi apretaba la cobija, con los ojos llenos de miedo.
Pero en realidad tenía muchas ganas de tomar leche.
Nerviosa, dijo en voz baja:
—Quiero tomar leche.
Mateo apretó los labios; con ella no podía enojarse.
Embi, al verlo callado, dudó un buen rato y al final se atrevió a bajarse de la cama.
Mateo la vio tomar su mochilita de conejo y sacar de adentro un biberón rosado.
Mirándolo, ella abrazó el biberón, de pie al borde de