Valerie cerró los ojos y, sin mirar, contestó y puso el altavoz.
Se dejó caer perezosamente en la silla, y con voz apagada respondió:
—¿Sí?, ¿quién habla?
Después de un instante de silencio, escuchó la voz titubeante de un hombre:
—Eh… soy yo.
El carácter de Valerie siempre había sido despreocupado, y además no había despertado del todo.
Yo ya había reconocido la voz de Alan, pero ella no se dio cuenta en absoluto.
Fastidiada, preguntó:
—¿Y tú quién eres? ¿No te pregunté quién eres?
Al oír su to