En el pasillo, él dudó unos segundos.
Al final, tomó el juguete que estaba en la puerta, respiró hondo y empujó la puerta para entrar.
Cuando lo vio entrar de nuevo, de inmediato Luki lo miró con desconfianza.
Los ojos de Luki todavía estaban llenos de lágrimas, y su carita regordeta mostró una furia que, más que amenazar, daba risa y ternura.
Embi, en cambio, se agarraba de la ropa de su hermano, con sus grandes ojos llorosos y tímidos mirándolo fijamente. Esa mirada sí que le hizo doler el cor