De verdad me parecía muy gracioso: sin aclarar bien la situación ni distinguir lo que estaba bien o mal, siempre venía todo enojado a hablarme, como si yo le debiera la vida a Mateo.
Alan murmuró:
—Olvídalo, ya no te digo nada. Con una mujer tan terca como tú, aunque te hable diez horas seguidas, no sirve de nada.
En ese momento, escuché sonar el celular que estaba sobre la mesa.
Era el teléfono de Alan.
Por reflejo miré; y en la pantalla aparecía el nombre de Mateo.
De repente, me estremecí.
Al