Lo miré con el corazón hecho pedazos y enseguida me senté a su lado para abrazarlo con sumo cuidado.
—Está bien, cariño, me quedaré contigo.
Él sonrió y, ya más tranquilo, apoyó la cabeza sobre mi hombro. Murmuró:
—… Suena muy bonito.
—¿Te gusta oírlo?
—Sí, me gusta, me gusta mucho.
—Entonces te lo diré todos los días, ¿sí?
Pero, después de que solté esa pregunta, él no me respondió durante un buen rato.
El corazón me dio un vuelco. Bajé la mirada hacia él y lo llamé con voz temblorosa:
—Mateo,