Las heridas abiertas ante mis ojos eran tan horribles que sentí como se me apretaba el corazón con fuerza, hasta el punto que me costaba respirar.
—Mateo…
Me tapé la boca y rompí a llorar.
Mis dedos quedaron suspendidos a medio centímetro de la herida; no me atrevía a tocarla, pero al mismo tiempo quería presionar ese lugar de donde seguía brotando sangre.
Las lágrimas caían como una presa rota sobre su piel pálida, mezclándose con la sangre y extendiéndose en manchas.
Por fin comprendí por qué