Desde hacía un momento hasta ahora, él había estado soportando varias heridas sin ningún tratamiento, forzándose para interpretar al rudo Darío, aguantando la mirada escrutadora y las sospechas del señor Felipe.
El corazón me dolió como si me lo cortaran con un cuchillo. Me tapé la boca y rompí a llorar sin control.
—¿Y todavía dices que estás bien? Mateo, siempre mientes. Y todavía dices que la mentirosa soy yo, cuando el verdadero gran mentiroso eres tú.
Mateo me secó las lágrimas de la cara y