Con esa sensación de calma, me sentí muy cansada y somnolienta, como si me hubieran quitado una gran carga de encima. La luz amarilla tenue de la lámpara de pared bañó la habitación, manteniendo a raya el frío de la noche.
Mateo me cargó y caminó despacio; sentí el roce de la bata en la mejilla, impregnada del aroma a jabón que traía encima, y eso me fue hundiendo en el sueño. Sin darme cuenta, escondí la cara en su cuello, la punta de mi nariz rozó su piel tibia, y mi respiración se fue haciend