Desesperada, abrí la puerta del auto y me bajé casi cayéndome; apenas di unos pasos, me caí mal al suelo.
—¡No, no... ya llegué, ya llegué...! —grité a todo pulmón.
En ese momento, Camila estaba presionando el cuchillo contra el dedo de Luki; vi clarito cómo la sangre empezaba a salir por debajo del filo. Me lancé hacia ella, fuera de mí, y le supliqué:
—Te lo ruego, no lo lastimes. Ya llegué. Haz conmigo lo que quieras, no me importa. Te lo suplico, no les hagas daño.
Con una sonrisa cruel, Cam