—Basta. Tú eres su hermano y siempre la has protegido. Si de verdad quisiera hacerme daño, ¿crees que la podrías detener? Así que, Javier, ¿no te parece que ir a tu casa sería como meterme en la boca del lobo?
—Aurora… —escuché la impotencia y la urgencia en la voz de Javier—. Si yo estoy ahí, jamás, jamás voy a permitir que ella te haga daño.
Me reí con más sarcasmo y le respondí, muy seria:
—No hace falta que vengas. Pase lo que pase, no voy a ir contigo —dije eso y colgué; no quise discutir m