Volteé a ver a Carlos y le dije:
—Espérame un momento, dejé el celular en el reservado.
Carlos iba a abrir la puerta del auto.
—Voy yo a buscarlo.
—No hace falta, voy yo.
Mientras hablaba, ya me había dado la vuelta para entrar otra vez al restaurante. Sin embargo, apenas llegué al segundo piso, me quedé paralizada y no pude dar ni un paso más. Una figura muy conocida estaba saliendo de ese salón.
¿Quién más podía ser sino Mateo?
Me quedé mirándolo, inmóvil; el corazón me latía muy fuerte.
Esta