Lo empujé con todas mis fuerzas y le grité, desgarrada:
—¡Vete... vete de aquí...!
El niño cayó al piso y se puso a llorar de inmediato; fue un llanto que partía el alma, lleno de dolor y de una tristeza que no se podía aguantar.
"Mamá... ¿por qué no me quieres? Mamá... Me duele mucho, mamá... buaa... quiero que mi mamá me abrace... buaa... Mamá... mamá... ja, ja, ja, mamá... Me gusta más mi mamá que nada. Mamá, no me dejes, ¿sí? Me voy a portar bien, no voy a llorar ni voy a hacer berrinches. Quiero ser el angelito de mi mamá".
Cada uno de esos gritos fue como una daga que me atravesaba el corazón hasta dejarlo hecho pedazos. Me tapé las orejas y grité, completamente fuera de mí:
—¡Ya no grites, no grites! ¡Tú no eres mi bebé, no lo eres...! ¡No te quiero, lárgate...!
De repente, el niño volvió a arrastrarse hasta mis pies. Me abrazó la pierna, levantó su cabecita y me sonrió.
"No me dejes. Nada más quiero que seas mi mamá".
Y en ese momento, le vi bien la cara. Sus cejas, sus ojos...