Asustada, corrí hacia él.
—¡Mateo! —grité.
Pero en cuanto le toqué la mano, él me empujó con fuerza y me gritó furioso:
—No quiero tu lástima, ni tu culpa, ni tu caridad. Vete... vete... —vomitó otra bocanada de sangre.
Empecé a llorar, desesperada.
—¿Cómo estás? Perdón, Mateo, perdón...
Alan corrió a detenerlo y me gritó furioso:
—¿Te puedes largar de una vez? ¡Su herida ni siquiera había sanado y de todas formas lo lastimas así! ¿Lo quieres matar? Te lo ruego: o te quedas bien con él, o si no