Lo miré, con la cara empapada en lágrimas.
Nunca imaginé que algún día él sería capaz de rebajarse hasta ese punto por mí. Cuando lo vi así, el corazón me dolía de verdad; un dolor profundo, insoportable. ¿Cómo podía dejar de hacerle daño? Yo había hecho todo lo posible por amarlo, y aun así, lo único que parecía darle eran heridas. Sabía que Mateo de verdad trataría al niño que esperaba como si fuera suyo, pero ese niño, para él y para mí, no dejaba de ser una humillación.
Mientras ese niño existiera, sería un recordatorio constante de esa relación vergonzosa entre Javier y yo. Mateo no le haría daño al niño, ni me odiaría, ni me reprocharía nada; él simplemente enterraría todo el dolor en el fondo de su corazón y lo aguantaría solo.
No quería que se volviera así, no quería que viviera atrapado en el sufrimiento.
De repente me di cuenta de algo terrible: si su mundo no tuviera lugar para mí, a lo mejor su vida sería mucho más luminosa, mucho más feliz. Antes tal vez no entendía lo