Me quedé paralizada al escucharlo. Esa última frase era una advertencia muy clara sobre el video de esa noche; me estaba amenazando. Si me atrevía a irme con Alan, él le iba a mandar ese video a Mateo. De inmediato, el coraje me invadió por completo. Temblaba entera y sentía el pecho lleno de dolor, humillación y odio. ¿Qué pleito tenía conmigo para querer llevarme hasta este punto?
—¡Cierra la boca! —le gritó Alan furioso a Javier y luego se volteó hacia mí—. Vámonos ya. No le hagas caso, nada más es contaminación auditiva.
¿Irme? ¿De verdad podía marcharme sin pensar en nada más? Apreté los dientes con dolor y, poco a poco, solté su mano. No me atreví a mirar a Mateo a los ojos; solo le dije a Alan con dificultad:
—Ustedes... mejor váyanse primero.
Lo del embarazo ya me resultaba imposible de decir. Si ese video salía a la luz frente a Mateo, no sabía qué iba a pasar conmigo; de verdad que me iba a volver loca.
Alan se alteró al instante y me preguntó:
—¿Qué estás diciendo?
—Váyanse.