Un segundo después, perdí el color y retrocedí dos pasos, tambaleándome. Ahí, no muy lejos, estaba Mateo. Me miraba en silencio. Su mirada pasó de la confusión del principio a una negrura profunda, hasta que al final se detuvo en mi panza. Habló despacio; hablaba tan calmado que no dejaba ver ninguna emoción.
—¿Estás... embarazada?
Me temblaron los labios, pero no fui capaz de decir ni una sola palabra. En ese momento, el miedo y la desesperación me cayeron encima como una avalancha. Me apretaro