En este momento, tampoco tendría que aguantar esta separación que tanto me dolía. Mateo se me quedó mirando con fijeza y, después de un buen rato, por fin me soltó la mano poco a poco. Apreté los labios y le dije:
—Cuídate mucho.
Después de decirle eso, me di la vuelta y caminé hacia el carro; tenía miedo de que, si no me iba en ese preciso momento, me costara todavía más trabajo despegarme de él. En cuanto me volteé, se me empezaron a salir las lágrimas sin que pudiera evitarlo.
Cuando abrí la