A través de la puerta de vidrio opaco, alcancé a ver su silueta con la cabeza agachada; no sabía qué estaba haciendo. Desde afuera le grité:
—¿Mateo?
—¿Si? —me respondió de inmediato; no escuché nada raro en su voz.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tardas tanto bañándote? —le pregunté.
—No... no pasa nada, ya salgo —me dijo.
En cuanto terminó de hablar, escuché el ruido de la palanca del baño. Un momento después, la puerta se abrió y Mateo salió con una bata negra; de su cuerpo salía un vapor cali