Sentí un dolor y una culpa muy fuertes en el pecho, tanto que hasta me costaba respirar. Mateo se me quedó mirando fijo cuando vio que no decía nada por un buen rato; buscó mi mano, la sostuvo y me preguntó:
—¿Qué pasa?
—Nada, solo tengo un poquito de frío —le respondí en voz baja.
Mateo me apretó la palma de la mano suavemente y me dijo que las tenía muy frías. Después de eso se quitó la chamarra, me la puso en los hombros y me abrazó contra su pecho.
—¿Tienes hambre? —me preguntó en voz baja.