Sentí un ardor en los ojos.
Respiré hondo, intentando contener la avalancha de emociones que me subía al pecho, y avancé despacio hacia él.
—Mateo...
Lo llamé en voz baja, a varios metros de distancia.
Mateo se estremeció y giró la cabeza hacia mí; en su cara apareció una mezcla de sorpresa y una incomodidad casi infantil, la de alguien que ha sido sorprendido con un secreto a medio esconder.
Corrí hacia él y me detuve a un metro de distancia.
Me miró fijamente, sin decir nada.
Reprimí las gana