—Maldita perra, ¿qué miras? ¿O es que de repente te diste cuenta de que mi cuerpo no está nada mal? —Darío se frotó las manos y se rio, morboso; tenía una cara tan asquerosa que daba escalofríos.
No pude aguantarlo y miré a otro lado. Tenía muchas dudas dándome vueltas en la cabeza.
La primera: si no era Mateo, ¿por qué me había dado esa señal?
La segunda: si sí era Mateo, ¿cómo podía fingir ser un patán tan vulgar y grosero con tanto realismo? Hasta me ponía la piel de gallina.
Ricardo nos miró